Afrodita Corazón

William Harvey, médico de Carlos I de Inglaterra, en sus Ejercitaciones anatómicas sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales, derrumba la creencia vigente, en el siglo XVI, que explicaba el funcionamiento de nuestro cuerpo a partir de la triada cerebro-hígado-corazón. Tampoco era cierta la existencia de tres fluidos: cerebral, sangre venosa y sangre arterial.
El corazón, un solo centro, el comienzo de la vida, el sol del microcosmos... "La divinidad doméstica que mediante su funcionamiento, nutre, cuida, fomenta todo el cuerpo. Cual príncipe en sus dominios, en cuyas manos descansa la más alta y principal autoridad, gobierna sobre todo", escribia Harvey.
Un solo corazón y una sola sangre, portadora del alma, que circula tal como lo hacen los cuerpos de mecánicas celestes.
En él se funda la pulsión erótica, aquella regida por Afrodita, la que surge del burbujeante líquido seminal de Urano. Sus dos ventriculos y sus dos aurículas configuran un eje de dispersión semántica del cual emerge un sentido plural, heterodoxo; contraido y estirado por eros y tanatos, hasta el climax de la significación.
Afrodita Corazón discurre con aplomo por un terreno nada fácil. Con honestidad, transita por las antinonias vida-muerte, amor-odio, paz-violencia. Sabe que la dinámica amorosa solo se mantiene viva si, después de la fusión erótica y la consecuente integración de los separados, se es capaz de reconocer el punto fragil de la ruptura, el retorno a la diferencia discontinua.
Eduardo Castañeda Winckelmann






