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El mercado de San Jacinto

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Por Mario Brice?o-Iragorry, cronista de la ciudad
El viejo edificio del Mercado Principal, que acaba de ser entregado a la picota demoledora del progreso, arrastra consigo casi siglo y medio de alegre historia caraque?a, y tras de ?sta, la historia civil y religiosa enraizada en el viejo convento de San Jacinto y en la Plaza de "El Venezolano". Personalmente, modestos recuerdos m?os se van tambi?n eon el polvo de los muros destruidos. ?Cu?ntas veces, a la salida del teatro o del caf?, detuve en la alta noche mis pasos frente a la Plazuela de "El Venezolano", para gozar la embriaguez del ambiente, saturado de la penetrante esencia de los claveles, los lirios y las azucenas de Galip?n, mientras consum?a la confortante "tostada" nocharniega. Hasta hace pocos a?os, el Mercado fue lugar de cita meridiana para muchos caraque?os. En la memoria de la gente perdura la bien abastecida fruter?a de Antonio Natera, primera en utilizar refrigeraci?n el?ctrica, y donde era seguro topar diariamente con Gustavo Sanabria, don Manuel Segundo, Pedro-Emilio Coll, Santos Jurado, Luis Alberto Sucre, Lope Tejera, el Dr. Jos? Rafael P?rez, Julio Calca?o Herrara, Luis Correa, Juan Ignacio Aranguren, don Mariano Hurtado y t?ntos otros amigos que ya traspasaron la misteriosa puerta del eterno silencio, y que all? acud?an con su buen esp?ritu, por jugo de naranja, badea o tamarindo, o por el ventrudo aguacate guarenero, la t?pica dieta caraque?a. Francisco de Paula P?ez, en sabroso apunte, recientemente publicado, evoca la plaza de "El Venezolano?, "sombreada de ?rboles que refrescaban el aire", a donde se iba "para comprar la pulida vera, o el duro araguaney, el negro guayabo o el flexible chaparro porte?o", y donde se gozaba el dulce "canto de los p?jaros atrapados en el golpe escondido en los zarzales".
Aunque apenas date de 1896 el edificio que hoy se echa abajo, la plazoleta de San Jacinto empez? a servir para menesteres de mercado desde junio de 1809, cuando los del Convento de San Jacinto fueron intespectivamente sorprendidos una ma?ana de junio con la presencia de casillas para la venta, all? colocadas por autorizaci?n del Ayuntamiento. Se quejaron los frailes al Cabildo y en su escrito hablaron, en t?rminos de espanto, de que en dichas casillas o puestos se comet?an "robos, embriagueces, de ociosos, y lo que es m?s detestable a los ojos del mismo mundo, tratos y contratos de impureza y libertinaje". La autorizaci?n del Municipio para este uso anatematizado por los Padres dominicos, provino de la necesidad dad de dar nuevo sitio a los regatones, que ya no cab?an en la Plaza Mayor, donde desde antiguo se hacia el mercado, y la cual el Gobernador Felipe Ricardos en 1755 hab?a acondicionado con portales o canastillas para el fijo comercio. (En el Museo Boliviano se conservan las l?pidas que historiaban la vistosa arquer?a que este Gobernador hizo construir en la Plaza y la cual fu? destru?da a mediados del Siglo XIX).
No previeron los hijos de Santo Domingo que aquella invasi?n de venduteros era s?lo el anuncio de cosas mayores pasar?an al religioso recinto, puesto que en 1828 el Convento, despoblado ya de frailes, fue destinado a sede del Ayuntamiento y C?rcel Publica. Se pens?, tambi?n, consagrar a Bol?var su plaza, a?n vivo el Padre de la Patria. En una de sus celdas guard? capilla Antonio Guzm?n, cuando se le conden? a muerte por los sucesos de 1846. Indultado luego, y sucedido posteriormente el triunfo de su hijo Antonio, se le consagr? estatua el la propia plaza, en 1882, estando a?n en todo su pellejo el pr?cer del liberalismo. Por 1865 se destin? el Convento para Mercado, y el viejo templo, se desmantel?. Algunas de sus im?genes fueron trasladadas a la Iglesia de Altagracia. El plano del edificio que hoy est? en demolici?n es obra del arquitecto Juan Hurtado Manrique.
Todo se lo llevar?n las grandes gandolas que transportar?n el material de los escombros. La fragancia de las flores, el canto de los p?jaros, la miel de las frutas deleitosas, el misterioso encanto de "El Reino Vegetal", donde parece que se ocultase a?n el esp?ritu travieso de Telmo Romero. Se va el recuerdo de una ?poca, en que los hombres buscaban la vera y el "pellejo de indio", para reforzar los medios naturales de defensa del honor. (Hoy pareciera que las actitudes varoniles sirviesen de ofensa a la resignaci?n de muchos hombres). Se va, con los terrones del espacioso edificio de Hurtado Manrique, un recio pedazo de historia caraque?a, nada menos que la callada historia de la reconfortante cocina que, abundosa o parva, define la curva del bienestar y del dolor social. ?Si all? se pueden hasta conjurar revoluciones! Ma?ana, lo que fue convento y templo, plaza arbolada y mercado abundante y bullicioso, ser? s?lo un pedazo de arrasada tierra. Pero en perdurar?n dos monumentos que podr?an servir de tema para un sustancioso tratado de sociolog?a moral. En pie quedar?n el reloj que gradu? el Bar?n Humboldt, y ?a estatua de Antonio Leocadio Guzm?n. La piedra sobre la cual discurren imperturbables las horas, los d?as, los a?os y los siglos. El bronce que mantiene, en figura humana, la lecci?n contradictoria de nuestros anales p?blicos. Monumento ?ste a cuya sombra el estudiante de filosof?a pol?tica puede obtener las m?s curiosas respuestas para sus sorpresivas preguntas. Sobre todo ah? aprende la exacta verdad de lo transitorio de los juicios alzados sobre las pasiones del momento: donde los godos hicieron a Antonio Leocadio Guzm?n la amarga saliva de la inminente agon?a, los liberales vencedores lo llevaron a la perennidad gloriosa del heroico metal. No hay, es cierto, juicio uniforme sobre el gran pol?tico, con cuya estupenda biograf?a nos acaba de regalar el Maestro D?az S?nchez. Pero, en cambio, su vida sirve para ense?ar a todos el vano camino de las venganzas de la pol?tica; mientras la propia gloria que le pregonaron sus amigos, bien puede tomarse como ejemplo vivo del poco precio de las consagraciones oficiales.

Publicado en:Cr?nica de Caracas, Abril 1951.

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